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Ya hace casi un año me encuentro, nuevamente, en Salto y, casi a diario, no puedo evitar asombrarme ante la realidad de encontrarme con diversas personas que me reconocen y se detienen a saludarme.
Lo primero que viene a mi mente es preguntarme: “¿Cómo no supe reconocer a…?”
En oportunidades trato de justificarme diciéndome que las personas cambian y, por ello, no les identifico, pero, inmediatamente, me pregunto si yo no he cambiado como para que me identifiquen con tanta facilidad.
En oportunidades he podido reconocer a alguna persona por su forma de hablar por demás particular y, en otras, algo me dice que le conozco e intento poner en funcionamiento mis neuronas para que me hagan caer la ficha correspondiente. Muy contadas veces lo logro.
Es evidente que a “los gurises de la Obra” me resulta casi imposible ubicar. Eran niños o niñas cuando les dejé de ver, y, hoy, son hombres o mujeres totalmente cambiados. Cuando se identifican uno descubre que conservan algún rasgo, pero están muy lejos de ser los niños que eran en aquellos tiempos. Algunos de ellos, detrás de unos kilos de más, detrás de unos cabellos de menos conservan sus rasgos incambiados e identificarlos no es tan difícil, pero, sin duda, son los menos.
Están otros encuentros con personas que tenían una actividad o estaban en algún comercio de plaza y, esos sí, me resultan imposibles de recordar.
Lo cierto, lo real, es que ya llevo casi un año y aún me encuentro con personas que me saludan o me refieren historias y yo trato de recordarles, aunque ello me resulte muy difícil.
En oportunidades no falta quien me detiene a conversar porque es conocido de alguno de mis hermanos o hermanas. Son seres que no teníamos otro conocimiento que el “ser hermano de…”
Sin lugar a dudas que estos encuentros producen en mí una extraña sensación. En primer lugar, no tenía conciencia de tener tantos conocidos y, mucho menos, de ser recordado por tantos. Por otro lado, cada uno de esos encuentros, hacen crecer en mí, una suerte de disponibilidad para con ellos.
Sin lugar a dudas, cada uno de ellos, son seres que Dios va poniendo en mi camino para que, cuando me necesiten, esté para lo que esté a mi alcance. No sé lo que ello puede ser, pero, sin duda, debo estar atento y disponible.
Así suelen ser los modos de hablarnos de Dios para con nosotros. Se vale de lo muy simple y sencillo como puede ser un encuentro, después de muchos años, para hacernos saber que lo nuestro debe ser, fundamentalmente, lo suyo. Podemos verlo con claridad o, simplemente, suponerlo, pero debemos prepararnos para estar disponibles para lo suyo.
No vivimos encerrados en un mundo que se reduce a nuestra baldosa, sino que somos parte de una realidad donde se entrecruzan y encuentran realidades que, ni lo suponemos, son parte de nuestra vida.
Lejos de ser un peso asumir esa realidad nos hace tener, en cada encuentro, a más de una humana satisfacción, una reconfortante disponibilidad que se asume con todo gusto ya que la vida tiene sentido en cuanto se puede servir y, que mejor, que poder estar disponible para ello.
Cada encuentro es, también, una oportunidad de agradecer a Dios por permitirme encontrar con seres que, después de treinta años de ausencia, aún lo detienen a uno para regalarles un saludo.







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