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"Continuar rezando", escribe Martín Ponce de León

Es una realidad en la que, por su iniciativa y bondad, casi nos podemos sentir conversando de “igual a igual” por más que tengamos muy en claro quién es Él....

Reflexiones Redacción 220.UY Redacción 220.UY

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Martin Ponce de León 24332 (2)

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Muchas veces me ha llamado la atención el saludo de mucha gente de campaña.

Lo primero es descubrirse. Luego extender una mano lánguida que muy pocas veces se hace apretón de manos. Por último decir, sin que se le haya formulado pregunta alguna, “Bien ¿usté?” Dan por supuesto que uno le desea preguntar “¿Cómo está usted?”.

Cuando decimos que rezar es hablar con Dios, por lo general, damos por supuesto.

Damos por supuesto todo lo que Dios tiene para decirnos porque, por norma general, no lo escuchamos.

Para ser honestos deberíamos decir que rezar es “hablarle a Dios”. En nuestra conversación con Él no solemos darle muchas oportunidades a que “meta algún bocadillo”.

Le planteamos nuestra situación... Le agradecemos los signos de su amor hechos regalos... Le pedimos por... Y… muy tranquilamente... nos marchamos.

Allí cerramos nuestro canal de comunicación. Allí concluimos nuestro “hablar”.

Damos por supuesto todo lo que, sin duda, es lo más importante de la conversación.

Sí, sin duda que por más que sepa lo nuestro desea que se lo formulemos.

Es una realidad en la que, por su iniciativa y bondad, casi nos podemos sentir conversando de “igual a igual” por más que tengamos muy en claro quién es Él.

Sabemos que esa relación es la de un padre con su hijo pero en un plano de franca confianza.

En diversas oportunidades, desde estos artículos, he tratado este tema y generalmente he afirmado que esta forma de comportarnos responde al hecho de que tememos a lo que Dios nos ha de decir.

Creo que, también, mucha responsabilidad le cabe a la formación recibida puesto que muy pocas veces se nos habla de la necesidad de “escuchar a Dios”.

Muchísimas veces, al decir oración, decimos la pronunciación de fórmulas.

Así hemos restringido la oración, le hemos quitado vida y la hemos acartonado haciéndola perder espontaneidad.

Jamás se nos ocurre, por ejemplo, decir: “Te agradezco el baño que me voy a dar y te pido que lo pueda disfrutar”

Tampoco solemos preguntarnos por qué Dios ha querido que pueda tener agua caliente, jabón y un baño confortable donde ducharme.

El baño no es razón de nuestra oración porque... ¿Por qué no? ¿No es parte de nuestra vida? ¿No es que todo es oración y Dios nos habla a través de todo?

Tampoco somos muy propensos a improvisar conversaciones con Dios.

Muy pocas veces leemos la vida intentando descubrir lo que Dios tiene para decirnos.

Parecería como que la charla de tú a tu no fuese oración sino un desahogo o un divague personal.

¿No será que Dios ama esos divagues?

¿Qué padre no se fascina con la conversación de un hijo aunque sus frases puedan no ser excelentes en sintaxis?.

A nosotros nos importa mucho la fórmula y, sin duda, a Dios el espíritu de nuestras palabras.

Pero, también, se le ha de agradar que lo escuchemos para intentar agradar.

Tal vez deberíamos aprender a escuchar a Dios intentando no pronunciar tantas palabras y gastar tiempo en Él.

No podemos pasar todas nuestras conversaciones con Él suponiendo lo que nos podría decir o pedirnos.

¿Para qué quieres que viva este momento?

¿Para qué me brindas esta oportunidad?

¿Qué pretendes de mí?

Quizás deberían ser parte de nuestras oraciones teniendo en cuenta que rezar es hablar para escuchar.

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