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Despedida: la nueva reflexión de Martín Ponce de León

"No importa pretender saber las razones que le han podido llevar a la soledad en la que se encontraban al momento de su fallecimiento", dice Ponce de León.

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Martin Ponce de Leon 34244332



En diversos artículos he hablado de uno de los integrantes de nuestra “mesa compartida”.

En estos años de actividad ya es el quinto al que debemos despedir.

La mayoría de ellos no tenían a nadie más que a nosotros los que participamos de tal actividad.

No importa pretender saber las razones que le han podido llevar a la soledad en la que se encontraban al momento de su fallecimiento.

Podremos hacer muchas elucubraciones pero las mismas se pierden en el secreto que se han llevado consigo. El respeto, muchas veces proclamado, a las razones de sus situaciones de vida nos deja con preguntas que nunca tendrán respuestas.

Su soledad era notoria y por demás dolorosa puesto que, en su caso, conocía a trozos de su familia salteña.

En alguna oportunidad abrió su puerta interior para que pudiésemos saber alguna de las razones que le llevaron a recalar por aquí.

Sin lugar a dudas, un día, Dios hizo se cruzase por nuestra vida y lo que comenzó por una mano concluyó por un techo donde estar.

No hace mucho me pidió me trajese su bolso con algunas ropas puesto que, según me dijo, “ya no las utilizaría más”.

No precisaba mucha lucidez para darse cuenta que su deterioro era progresivo e irreversible.

Sus fuerzas le habían abandonado y la piel ya se pegaba a sus huesos a una velocidad asombrosa.

Era muy consciente de que su final estaba cercano. Al atardecer del viernes falleció.

El sábado por la tarde un grupo de integrantes de la mesa compartida nos reuníamos para darle la última despedida.

Muchísimas cosas se agolpaban en mi mente y se entreveraban por salir.

Cuando sus fuerzas comenzaron a flaquear y ya no pudo salir más a realizar sus ventas, puerta a puerta, con lo que se ganaba la vida tuvimos oportunidad de algunas charlas donde no había mucho espacio para las anécdotas o los recuerdos y pudimos conversar sobre su situación y su realidad.

Parecía como que toda su vida había sido un prolongado aprendizaje donde había encontrado mucha incomprensión y muy poco de lo que arrepentirse.

No eran conversaciones donde uno pudiese cuestionar y, mucho menos, preguntar. Era, simplemente, un tiempo donde abría trozos de su puerta interior para no estar tan inmerso en la soledad.

Cuando, debido a su enfermedad, comenzó a tener dificultades para hablar se refugió en la lectura. Siempre había sido un buen lector pero últimamente se había vuelto un devorador de libros.

Unos días atrás le llevé dos y le dije que en dos o tres días le llevaría otros más. Me asombró su respuesta: “No creo tenga tiempo de leer estos dos”

Estaba muy consciente de su realidad y de la cercanía de su final.

Pese a eso, al enterarme de su fallecimiento no pude menos que experimentar una extraña sensación. Extraña porque ambigua.

Por un lado sentía que era “lo mejor” que le podía haber pasado ya que no debió vivir una interminable y dolorosa agonía. Por otro lado sentía el peso de que había fallecido en la más absoluta soledad y ello no me causaba ninguna sensación de tranquilidad.

Su fallecimiento me hacía brotar un inmenso gracias a todas esas personas que de, mil maneras, hicieron algo por hacerle saber que se le tenía en cuenta. El Obispo me llamó para decirme que si necesitaba algo supiese que contaba con él.

Hacían mía sus palabras de agradecimiento a todas las personas que, sin obligación, le dedicaban su tiempo y, de esa forma, mitigaban su soledad y dignificaban su existencia.

No ha de haber actividad más reconfortante que hacer algo, desinteresadamente, para que alguien se sepa y sienta persona respetada y aceptada.



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